Hoy rompo una lanza por los eventos en recinto cerrado destinados a la
muestra e intercambio que se celebran en nuestro país.

Cuando en 1982 abrió sus puertas el primero de ellos (el Auto
Retro barcelonés), nadie podía suponer que 25 años después se habrían
consolidado más de diez eventos anuales de estas características a lo largo y
ancho de la geografía española, cuya oferta atiende de forma bastante adecuada
las necesidades de la afición real (y potencial) de la que se nutren.

Discrepo de quienes todavía miran con cierta envidia el panorama de los
salones al norte de los Pirineos, no porque mis expectativas sean menos
ambiciosas, sino porque considero que la realidad hace que esas aspiraciones
sean poco viables y, en cierto modo, no deseables. A mi modo de ver, no son
realistas porque -por poner ejemplos- la Techno-Klassica de
Essen o el Retromobile de Paris tienen unas zonas de
influencia muchas veces superiores -por demografía y capacidad económica- a las
que disfrutan cualquiera de los certámenes de nuestra periférica "Piel de
Toro".

Pienso que pudieran no ser deseables porque, últimamente, suelo salir de
estos macro-eventos europeos con la sensación de que su enorme oferta se está
orientando demasiado a atender a la élite de los aficionados más pudientes (en
la última Techno-Klassika era difícil encontrar vehículos por
debajo de los 30.000 Euros y no eran nada infrecuentes precios con seis y hasta
siete dígitos) y esto, en un mercado como el español, podría dejar muchas
necesidades desatendidas, dificultando con ello de forma considerable el
mantenimiento e intercambio relacionado con los vehículos históricos que -hoy
por hoy- centran los desvelos de la mayoría de los aficionados españoles.
Del mismo modo que digo esto, apunto aquí lo mucho que me extraña que otro
perfil de evento también muy arraigado en Europa no haya llegado a "cuajar"
todavía en España. Me refiero a los mercadillos al aire libre (los famosos
"auto-jumble" británicos). En mi opinión, la feliz iniciativa que puso en
marcha la familia Claret a finales de los setenta -la
Llotja de Sils- y que el mes que viene celebra su XXX edición
con una salud estupenda, debería haber tenido múltiples réplicas en un país con
tan buen clima y un alto porcentaje de la afición centrado en el mantenimiento
de vehículos de bajo valor económico, que no histórico.
Los comerciantes ambulantes que "nutren" los centenares de eventos de este
tipo de toda Europa deberían ver con buenos ojos la posibilidad de combinar
negocio y vacaciones que les brinda España; y los organizadores españoles
deberían haber visto la oportunidad de hacer su negocio sin correr con tanto
riesgo como el que les supone apoyarse en la costosa infraestructura de un
recinto ferial. Todos los aficionados nos beneficiaríamos de una oferta muy
rica a un coste reducido. Quienes hayan visitado el "auto-jumble" que se
celebra en Beaulieu (Inglaterra) a principios de Septiembre
saben bien a qué me refiero y el increíble potencial que tienen estos eventos.
Supongo que todo llegará.
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Sergio Romagosa